5.10.07

Las palabras

Hace algunas semanas volví a ver Nunca te vayas sin decir te quiero de Roberto Rossellini. Es una magnífica y conmovedora película. Chaja, curiosamente estudiante de filosofía en Bélgica, se mantiene como niñera. En particular, una familia judía le encargó la tarea de cuidar a Simca, el hijo menor. Ellos, ortodoxos; ella, judía por herencia. No reseñaré la película porque esa no es la intención de esta entrada, sino aprovecharme de una escena que me dejó pensando la última vez que la vi.

Tras tener un altercado con el conserje del edificio donde vive la familia judía ortodoxa, éste sube neurótico al departamento a insultar a la familia. Chaja se indigna por las palabras que maldijeron a los habitantes ortodoxos. En un tono calmo la madre de Simca le contesta a Chaja: "Las palabras no ofenden".

¡Tiene toda la razón! Si yo prolifero un "Chingue a su madre" (insulto muy común en México) en realidad no existe ofensa, pues ésta proviene de que yo traduzca esas palabras como hirientes. Sin embargo, eso ya depende de mí, no del que las pronunció. El proceso de comunicación contiene tres elementos: emisor, mensaje y receptor. Si el receptor decide que no ha de recibir el mensaje de esa manera, el mensaje pierde toda la fuerza.

Partamos de un hecho ontológico: las palabras, al igual que los números, no existen en la realidad. Existen sonidos, pero no palabras, pues éstas implican conceptos, mismos que la realidad no está aportando, sino el ser humano traduciendo. Decir avión no significa nada para un chino que no haya conocido previamente esa palabra. Mas aún, que no haya asociado esa palabra al concepto. Somos nosotros, los seres humanos los que traducimos la realidad. Sin embargo, ¿qué tanta de esa traducción es subjetiva? ¿Qué tanta realidad puede conocer el ser humano?

Si hemos aceptado que las palabras no ofenden porque ni siquiera existen y quien las hace existir es el receptor, también habremos de conceder que una vez comprendido el concepto, eso no implica que aquellas deban afectarme. No solo traduzco el concepto, sino también la carga emotiva. Alguien en mandarín podría insultarme sin utilizar un tono de voz fuerte o agresivo y, como yo no sé mandarín, nunca me enteraría. O, alguien podría decirme que me estima mucho por ejemplo, en alemán, y, por el tono de la lengua, pensar que me están agrediendo. Bullshit. Eso depende absoluta y exclusivamente de mí. Soy yo quien decide si tal o cual palabra habrá de afectarme o no, no el emisor y menos aún el mensaje.

Finalmente, este texto no existe salvo para aquél que quiera leerlo y entender lo que pretendí, de una forma burda, transmitir. Menos existirá para quien desconozca el castellano. Lo único que realmente existe en este momento es el sentimiento de querer compartir un par de ideas con ustedes.

5 comentarios:

fotómetro dijo...

La película me encanta, es realmente buena.
Creo que por un lado es verdad que todo se recibe al modo del recipiente, en ese caso, yo puedo cargar de ofensas una palabra o simplemente dejarla sin significado alguno. La connotación de lo que llamamos "grosería" es tan arbitraria como queramos tomarla.
Pero tengo una objeción, claro que la intención del emisor es importante si hablamos el mismo idioma y a veces si no; en la comunicación existe más que las palabras, en algunos casos podrías notar como un chino te ofende con una mirada, o el tomo de su voz.
Hay personas que nos dicen cosas con el fin de ofendernos y lo consiguen, porque me parece que no siempre somos dueños absolutos o mejor, controladores, de nuestras impresiones o sentimientos, en un primer momento sentimos la ofensa aunque después racionalmente la decechemos de nuestro consciente.
Esto es al menos lo que pienso al respecto de las partes de la comunicación.

Jesús dijo...

Si bueno, pero existe la intencion, la mala intención del otro

Enrique G de la G dijo...

Excelente peli, en efecto.

Saul dijo...

Bueno, a mi la pelicula no me gusto por cursi y melodramatica. Lo segundo que es el comentario acerca de los insultos, que yo lo que creo es que las palabras te pueden lastimar dependiendo de la importancia que tiene para ti quien las dice. No es lo mismo que un perfecto desconocido te toque el clasico "chinga tu madre" en el auto o que un chino te diga de cosas de las cuales te puedes reir, a que tu madre te diga "largate no te quiero ver" o tu jefe te llame idiota. Lo que si es que llegar a los golpes por que un desconocido te insulta te convierte en merecedor de los insultos, mientras que simplemente ignorarlo puede que hasta le duela mas

Roberto dijo...

Lo curioso es que después de publicar esta entrada, viví un intercambio lingüístico con el chofer de un pesero/camión. Efectivamente, propinó el mexicanísimo chinga tu madre y yo me reí.