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9.4.10

El absurdo ser humano

Bartleby, el escribiente
Herman Melville
Siruela. Madrid, 2009
86 Págs

Herman Melville (1819-1891) murió olvidado. Resulta increíble que semejante escritor terminara su vida así. Afortunadamente, el olvido duró poco. Bastó con que alguien encontrara Moby Dick para que el narrador recuperara su presencia ante el público.

Además de la novela mencionada, otro de los clásicos en la literatura es el que aquí se presenta: Bartleby, el escribiente. Este relato se publicó por primera vez de forma anónima en Putnam’s Magazine en noviembre y diciembre de 1853 –dos años después que apareciera Moby Dick–. Luego se incluyó en The Piazza Tales (1856).

Hoy de nuevo podemos gozar de su lectura gracias a Siruela quien nos acerca a Bartleby de la mano de la traducción de Borges.

En este cuento, Melville mete al lector en la mente de un oficinista de Wall Street; un personaje que de alguna manera somos todos. El encierro que provocan las cuatro paredes y un escritorio donde trabajar irremediablemente nos ensimisma y de la nada surge una pregunta: ¿quién soy? Algo sin duda apasionante.

«Preferiría no hacerlo», comienza a repetir Bartleby ante la insistencia de su jefe por cumplir las tareas solicitadas. Y poco a poco nos quedamos mudos frente a la rebeldía, no sólo laboral, sino íntima del personaje.

Aprisionando en un autismo absoluto, Bartleby nos recuerda La metamorfosis de Kafka y Esperando a Godot de Beckett. La angustia y horror de la primera se amalgaman con la infinita y absurda espera de Vladimir y Estragón por Godot. Así, Bartleby se va transformando en un ser inerte que encuentra un final necio e inevitable. El relato también remite al pujante existencialismo del siglo XX.

¿Qué estamos haciendo hoy? ¿Cuántos Bartlebys estamos produciendo? ¿Será que como él, nosotros enclaustrados en nuestras oficinas hemos perdido el sentido de quiénes somos? La inmediatez y las ideas del mínimo esfuerzo atentan contra el ser humano. Ante la fractura de la voluntad sólo queda el vacío. ¿Es eso lo que realmente queremos?
[Publicado en istmo 307, marzo-abril]

14.12.09

El síndrome Bartleby

El viernes terminé de leer Bartleby, el escribiente, un maravilloso relato de Hermann Melville, donde un copista que trabaja para un despacho de abogados en Wall Street cae en un estado de apatía por la vida y cuya frase es: "Preferiría no hacerlo". Excelente, de verdad lo recomiendo.

La euforia que me produjo terminarlo me llevó a otra lectura: Bartleby y compañía, una metanovela de Enrique Vila-Matas donde el autor español urga entre los anaqueles de la literatura en busca de bartlebys, de aquellos escritores que tras publicar una o dos buenas obras se retiraron en silencio. Rastrea los argumentos que han dado dichos literatos para "preferir no escribir", así como detalla algunos rasgos de las obras de estos bartlebys.

En México tenemos al bartleby por excelencia: Juan Rulfo. Vila-Matas encuentra en él el mejor pretexto dado para dejar de escribir --al menos el más creativo, dice--. Cuando a Rulfo se le preguntaba por qué después de Pedro Páramo y El Llano en llamas había dejado de escribir contestaba: "Es que se murió mi tío Celerino, que era el que me contaba las historias". Tal tío existió: era un borracho que iba de pueblo en pueblo confirmando niños. Rulfo acompañaba a su tío en dichos viajes, mientras los cuales éste le platicaba muchas historias: "puras mentiras", decía Rulfo, "y, entonces, naturalmente todo lo que escribí son puras mentiras". Genial. Seguiré re-leyendo Bartleby y compañía.

3.3.09

Alfonso Reyes, un mexicano universal

En alguna ocasión Borges comentó: Pienso en Reyes como en el mejor estilista de la prosa española de este siglo [XX]; con él he aprendido mucho sobre simplicidad y manera directa de escribir.

Las palabras del argentino, amigo entrañable del mexicano, no podían ser más precisas para describir la obra de Alfonso Reyes (1889-1959). En sus textos, el regiomontano ilumina, precisa, acoge y reflexiona. Su literatura es un manjar que se ha de comer en varios tiempos. El tiempo de la poesía, el del ensayo, el de la prosa oblicua, el del cuento y el de la cultura.

Entre su obra es posible subrayar dos líneas que en ocasiones se cruzan; en otras, como asíntotas, se acompañan hasta el infinito. Grecia y México, sus dos amores, el ADN de la literatura alfonsina. Así lo manifestó: Mi ideal en Grecia; mi esperanza en México. Y en la práctica, la creación del Ateneo de la juventud junto con Vasconcelos, Henríquez Ureña y Antonio Caso, entre otros, confirma esta línea de pensamiento.

Descubrí a Reyes con «Visión de Anáhuac», donde penetra hasta lo más profundo del mexicano y con elegancia arroja una tremenda verdad: somos el conquistador conquistado. Otro de sus ensayos, «México en una nuez», inicia así: Los aztecas, raza militar, dominaban por el terror a un conjunto de pueblos heterogéneos, y sólo escapaban a su imperio los muy alejados o los muy bravos. A pesar de todo, esta raza militar sucumbió por el respeto que le tuvo a aquel que se decía embajador: Cortés.

Y entonces surge la visión, no de Anáhuac, sino de don Alfonso: Cualquiera que sea la doctrina histórica que se profese (…) nos une con la raza de ayer, sin hablar de sangres, la comunidad del esfuerzo por domeñar nuestra naturaleza brava y fragosa; esfuerzo que es la base bruta de la historia («Visión de Anáhuac»).

Pues como se aprecia en su poema «Figura de México»:

La verdad no padece porque la digan muchos,
y es suerte que a los lerdos persuada y a los duchos.

¿Podría algo ser más simple, directo y bello? Sencillamente, la firma de Reyes.

[Publicado en ISTMO 300, enero-febrero 2009.]

11.2.09

El futuro de la lectura...y de los libros

Leyendo el New York Review of Books me topé con un artículo de Robert Darnton titulado "Google and the Future of Books" que recomiendo ampliamente. A continuación, una par de párrafos que me parecen interesantes.

The eighteenth century imagined the Republic of Letters as a realm with no police, no boundaries, and no inequalities other than those determined by talent. Anyone could join it by exercising the two main attributes of citizenship, writing and reading. Writers formulated ideas, and readers judged them. Thanks to the power of the printed word, the judgments spread in widening circles, and the strongest arguments won.

The word also spread by written letters, for the eighteenth century was a great era of epistolary exchange. Read through the correspondence of Voltaire, Rousseau, Franklin, and Jefferson—each filling about fifty volumes—and you can watch the Republic of Letters in operation. All four writers debated all the issues of their day in a steady stream of letters, which crisscrossed Europe and America in a transatlantic information network. (...)
When businesses like Google look at libraries, they do not merely see temples of learning. They see potential assets or what they call "content," ready to be mined. Built up over centuries at an enormous expenditure of money and labor, library collections can be digitized en masse at relatively little cost—millions of dollars, certainly, but little compared to the investment that went into them.

Libraries exist to promote a public good: "the encouragement of learning," learning "Free To All." Businesses exist in order to make money for their shareholders—and a good thing, too, for the public good depends on a profitable economy. Yet if we permit the commercialization of the content of our libraries, there is no getting around a fundamental contradiction. To digitize collections and sell the product in ways that fail to guarantee wide access would be to repeat the mistake that was made when publishers exploited the market for scholarly journals, but on a much greater scale, for it would turn the Internet into an instrument for privatizing knowledge that belongs in the public sphere. No invisible hand would intervene to correct the imbalance between the private and the public welfare. (...)

20.11.08

Son soledad

Noto que mis lectores están ansiosos por ver este blog actualizado. La chamba se me juntó en estos días y tengo poco tiempo para meterme a este adorado espacio donde desahogo mis penas y comparto mis alegrías. Hoy comparto con ustedes un poema que escribí también en Riviera Maya. Ya leeré sus comentarios.

La luna es mi guía.
Frente al mar las olas murmuran,
las estrellas avanzan a velocidades luz sobre mi cabeza.
Es de noche.
Dos elementos me imponen e inquietan:
.....El cristalino turquesa que en este momento no puedo sino imaginarlo,
.....y la soledad en que me encuentro.
Podría tomar este cuaderno,
.....guardar la pluma
y salir corriendo;
regresarme, volver, yo sé donde,
pero no lo haré.
Prefiero sentir el aire que golpea mi costado derecho,
platicar con el mar,
mirar al cielo,
angustiarme ante lo sublime
y voltear a ver la bandera roja que anuncia peligro.
Definitivamente no me meteré al mar,
No nadaré con la luna llena.
Sé que no es recomendable.
Contemplo a Orión y a Venus,
también los restos de un muelle abandonado.
Me dejo seducir por la desconocida emoción de estar solo.
Imagino.
.....Cada ola un universo,
.....cada gota, el mar
.....y cada haz lunar, mi pluma derramada en el papel.
A la distancia dos amantes se besan,
Entrelazan la humedad de su amor al son de la corriente.
Cadencia.
.....Entre sus cuerpos y el agua,
.....entre la noche y su magia.
La estrella dibujó una línea roja hacia mí.
Acongojado escribo pensando en ti…
.....que el ritual inicie.


Roberto Rivadeneyra
13 de noviembre de 2008
Riviera Maya, Q. Roo

31.10.08

El corazón de las tinieblas / Joseph Conrad

El corazón de las tinieblas
Joseph Conrad
Byblos. Barcelona, 2007.
144 págs.

El viaje de Cristóbal Colón en busca de una mejor ruta para las Indias trascendió el descubrimiento de un nuevo continente. Encontró tal riqueza en América que desencadenó la fiebre por descubrir otras tierras. Así fue como los españoles se apoderaron de casi todo el Nuevo Mundo y los ingleses se asentaron en Norteamérica y Australia. Así fue también como belgas, alemanes, franceses, holandeses e ingleses se adentraron en África.

Joseph Conrad (1857-1924) de niño, radicaba con sus padres en Polonia y sufrió las consecuencias de la invasión rusa. Los críticos sugieren que ese hecho fue tan impactante en el pequeño Joseph que influyó en la redacción de El corazón de las tinieblas (1902).

El paso del tiempo no resta actualidad a la temática de la obra. Marlow, un comerciante británico de marfil tiene como tarea buscar a Kurtz, también comerciante de marfil, quien en un momento álgido exclama: Exterminad a todos los salvajes. ¿Y quiénes son los salvajes?, puede inquirir el lector. Entonces se desborda la riqueza del texto, de por sí escrito con delicia, al desmenuzar la psique e inconsciente humano: frágil, real, capaz de tropezar y sucumbir ante el entorno.

La novela desvela con sutileza la mentalidad de la época y sugiere la crítica hacia la orgullosa civilización europea. El corazón obscuro es para Conrad la posibilidad de cualquier corazón humano, el de la gente instalada en las aldeas africanas. Él mismo permaneció un tiempo en el Congo –donde presumiblemente sitúa a la novela– y vivió la dicotomía salvaje-civilizado. ¡Qué mejor ilustración de las propias tinieblas que el mote de salvaje al africano!

Los paisajes tenebrosos se apoderan de las personas hasta la locura. Conrad escapó de la misma al escribir esta novela y dejar testimonio de lo que observó mientras vivía en África.

La expansión de la cultura europea también fue sangrienta y salvaje. Y hoy seguimos, todos, señalando a los que aún no se han subido al tren de la civilización occidental.

[Publicado en istmo 298, septiembre-octubre 2008.]

9.10.08

Nobel Literatura

Dentro de unas horas --probablemente cuando estén leyendo esto ya esté sucediendo-- estaré subido en un autobús que me llevará a Aguascalientes. De emergencia surgió la necesidad de que alguien de Istmo hiciera acto de presencia en la sede UP hidrocálida para inaugurar la exposición de portadas de la revista que allá se estará llevando a cabo a partir de las 7 de la noche. El autobús de regreso lo tomo el viernes por la mañana, por si alguien se ofrece a ir por mí a la estación del Norte.

Como sé que ninguno lo hará, los invito a comentar en este espacio el Nobel de Literatura que será anunciado en unas horas. ¿Qué les pareció la elección?

Antes de dejar la oficina Isolino y yo vaticinábamos sobre el posible ganador. Él decía que o será Vargas Llosa (imagino que se refiere a Mario) o será Philip Roth. Yo me aventuro a decir que nuestro mexicano Fuentes puede ser el elegido este año. Ya veremos qué pasa.

6.10.08

Job (fragmento) / Joseph Roth

"Y ante los pálidos reflejos de la Casa Blanca se quedaba pegado como una pobre mancha gris. Mendel ya era demasiado viejo para contemplar esto y aquello con los ojos abiertos. Creía lo que le decían sus hijos de que América era la tierra de Dios, Nueva York la ciudad de los milagros y el inglés la lengua más hermosa. Los americanos eran gente sana. Las americanas, bonitas. El deporte, importante. El tiempo, valioso. La pobreza, un vicio. La riqueza, un mérito. La virtud, la mitad del éxito. La fe en uno mismo, un éxito completo. El baile, higiénico. Patinar sobre ruedas, una obligación. La beneficiencia, una inversión de capital. El anarquismo, un delito. Los huelguistas, enemigos de la humanidad. Los agitadores, aliados del demonio. Las máquinas modernas, una bendición del cielo. Edison, el genio más grande. Pronto los hombres volarán como pájaros, nadarán como peces, verán el futuro como los profestas, vivirán en una paz eterna, y en perfecta armonía construirán rascacielos que llegarán hasta las estrellas." (pág. 140, Acantilado).

25.7.08

Cartas a Tomás Segovia / Octavio Paz

Cartas a Tomás Segovia
Octavio Paz
FCE. México, 2008.
200 págs.

De pequeño se me enseñó que leer la correspondencia ajena era una descortesía. Es un mandato que me acompaña y con el cual estoy totalmente de acuerdo. Jamás abriría un sobre que no trajera mi nombre. Sin embargo, cuando se trata de cartas publicadas la cosa cambia.

Durante casi 30 años Octavio Paz y Tomás Segovia mantuvieron una comunicación nutrida. Hoy podemos enterarnos de sus conversaciones. Cartas a Tomás Segovia permite leer las respuestas que el Nobel de Literatura mexicano escribía a su querido amigo. Podría objetarse la necesidad de de publicar también aquellas que el poeta mexicano-español redactaba. Sinceramente, no la veo. Las cartas de Paz son claras sobre los temas que toca.

La publicación arroja 55 cartas donde no sólo atestiguamos el vínculo afectivo entre ambos poetas, sino la gestación y rumbos de publicaciones y proyectos. La génesis de obras como Piedra de sol, Cuadrivio y La llama doble es notoria, junto con la publicación de Anagnórisis de Segovia.

También presenciamos el nacimiento de Plural y todos los procesos e ideas por los que atravesó antes de que la revista fuera una realidad.

Sí, leí los envíos que no traían mi nombre. ¿Quién podría resistir la tentación?

[Publicado en Istmo 297, julio-agosto 2008]

21.7.08

Paz, ¿Cantinflas?

En el último número de La Tempestad (60) se lleva a cabo un análisis sobre "una de las figuras más importantes y polémicas de la literatura mexicana del siglo XX". El texto de Heriberto Yépez, "Delicia de la glosa", es provocador. Mejor: es contundente. En él el tijuanense expone, desnuda, desolla la figura de Octavio Paz a partir de sus propios textos. "Quizá cueste aceptarlo: no es original. Construyó una preciosa retórica en la que sus ideas enmascaran las prójimas. Paz resume." Es ya conocida la fuente primaria de su texto más vendido (100 millones de copias): El laberinto de la soledad. La columna vertebral se encuentra en El perfil del hombre y la cultura en México de Samuel Ramos. Es cierto; ya lo sabía.


Sugiere Yépez una comparación que detona risa y estupefacción. "Paz y Cantinflas son los extremos de un mismo método: la remezcla mexicana de saberes del Otro." Según el autor del artículo, el recurso preferido del Nobel mexicano es el oxímoron y lo cual identifica su prosa con la retórica del cómico mexicano.

Esta dialéctica literaria que implementaba Paz en sus textos ensayísticos lo hace repetir lo mismo y retorcerlo. Aunque como el mismo Yépez reconoce, "bellamente". "El resultado inevitable de anlizar su estilo de pensamiento: imán de imágenes, tarot de lo uno en lo otro que no cuajó en conceptos porque la alquimia que se antojaba próxima se quedó entretenida en el ruido de los talones cuando se tocan [símil de los contrarios uniéndose]."

Tal vez sea cierto que Paz parafraseó cantinflescamente --aunque bello-- lo que leía. Podría concluir que la prosa del poeta mexicano es un resumen de una biblioteca borgeana que acumuló en su cabeza. No tengo como defenderlo, yo mismo he encontrado estos plagios. Sin embargo, la belleza de su lírica prevalecerá aunque la continuidad de sus ideas sea, una y otra vez, puesta sobre el patíbulo del conocimiento.

4.7.08

Libros del Zorro Rojo

Quiero compartir un descubrimiento que hice absolutamente accidental. Camino a mi casa me detuve en una tienda donde venden muchas revistas, entre otras cosas, a comprar la edición de julio de Letras Libres. Cuando entré al lugar, junto a la caja que habría de cobrarme el importe de la revista había unos libros en descuento. Pasta dura, buenos autores, ilustraciones de alta calidad y bonita edición. Compré La isla de las voces de R.L. Stevenson. También había de Herman Melville, Edgar Allan Poe y H.P. Lovecraft, entre otros.

Estas bellas ediciones dirigidas a edades que oscilan entre los 12 y los infinitos años son fruto de Libros del Zorro Rojo. Son afortunadas, unas verdaderas joyas. Tenerlo entre mis manos, hojearlo y saber que está en mi lista de espera --junto a otro libro de Stevenson que un buen amigo me obsequió-- me entusiasma. Sin exagerar, experimenté un éxtasis al hojear el libro e imaginarme leyéndolo y comprando otros de la colección.

Celebro mi hallazgo editorial, porque en el mundo de hoy, las buenas editoriales escasean. ¡Salud por Libros del Zorro Rojo a cuatro años de su creación!

3.7.08

Utilidad de la inutilidad

Huit-Tzu dijo a Chuan-Tzu: "Tus enseñanzas no tienen ningún valor práctico". Chuang-Tzu respondió: "Sólo los que conocen el valor de lo inútil pueden hablar de lo que es útil". La tierra sobre la que marchamos es inmensa, pero esa inmensidad no tiene un valor práctico: lo único que necesitamos para caminar es el espacio que cubren nuestras plantas. Supongamos que alguien perfora el suelo que pisamos, hasta cavar un enorme abismo que llegase hasta la Fuente Amarilla: ¿tendrían alguna utilidad los dos pedazos de suelo sobre los que se apoyan nuestros pies?" Hui-Tzu repuso: "En efecto, serían inútiles". El maestro concluyó: "Luego, es evidente la utilidad de la inutilidad".



[Paz, Octavio. Trazos. El Equilibrista. México: 1997]

27.6.08

El libro de Santiago / Jaime Reyes

El libro de Santiago
Jaime Reyes
Los libros de Homero. México, 2007.
128 págs.

Al despertar, uno de los elementos que todo ser humano debe tener claro para continuar con la rutina del día es poder responder a la pregunta: ¿quién soy? No tenerlo claro desencadenaría un caos. ¿Cómo saber qué tengo por hacer, dónde, a qué hora, si ni siquiera sé cómo me llamo? La identificación del ego es condición necesaria para la supervivencia.

¿Qué sucede cuando tal duda surge consciente y la respuesta que la acompaña no nos deja satisfechos? Santiago recurrió a su libro rojo, donde la pluma chorreaba recuerdos imaginados; también algunos reales. Entre ambos, le susurraban que estaba viejo. Desesperado por encontrarse ante el espejo de la verdad, se refugió en la literatura. Ésta, sin embargo, sentenció su decrepitud. «La literatura es memoria, todos somos editores de nuestros recuerdos y es imposible no serlo.»

El libro de Santiago es la novela de cualquiera de nosotros. Es la angustia y mortificación que el tiempo genera. Es la espiral de la vida: o nos eleva o nos hunde. Es breve, contundente y apasionante.

Jaime Reyes, editor de Cultura y ciencia en el periódico Reforma, debuta como escritor con este texto. Un absoluto acierto.
[Publicado en Istmo, 296, mayo-junio 2008]

20.6.08

Caminar entre amigos

Hoy que ingresé a mi página de Hi5 me di cuenta que tengo 90 amigos. ¡Cuántos! «¡Qué afortunado soy!», debería pensar, pero… De esos noventa tal vez conozco a la mitad y de esa mitad sólo un puñado son realmente cercanos. Es decir, sólo 10 o 15 son mis amigos. Una vez más me asalta la pregunta: ¿qué es un amigo, qué es la amistad?


Afortunadamente, hace poco encontré un libro dedicado al tema. Lo escribió un misionero jesuita a finales del siglo XVI y principios del XVII. Su nombre era Matteo Ricci. El ejemplar que tengo, De la amistad[1], lo conforman cien sentencias. El autor lo escribió a petición del príncipe chino Jian’an, quien le dijo: «cuando hombres nobles de gran virtud se dignaron (sic) a pasar a mi tierra, no hay ocasión en que no los invite, les trate como amigos y los honre. El gran Occidente es la tierra de la moralidad y la justicia: quisiera escuchar qué piensa de la amistad».


El Xitai Ricci (maestro del grandioso Occidente, sobrenombre que confirieron al jesuita los letrados y reyes chinos de la época), con el deseo de satisfacer al príncipe, entregó Dell’ amicizia, donde sintetizó las enseñanzas de autores como Plutarco, Aristóteles, Diógenes Laercio, Cicerón, Séneca, san Agustín y Ambrosio entre otros. Por supuesto, incluyó ideas provenientes de los sabios chinos, específicamente de Confucio.


La edición que me llegó es una traducción castellana de Jesús Salazar que conserva también la versión italiana.


Las enseñanzas de Ricci no sólo complacieron a Jian’an, sino que a cinco siglos de su creación la fuerza de cada una de las sentencias lacra el ánimo de quien las lee. Cito la primera: «Mi amigo no es otro que la mitad de mí mismo; así, es otro yo. Por tanto debo considerar al amigo como a mí mismo». Sencilla, inteligible y real. El resto del libro conserva el mismo tono contundente.


Este tomo también incluye una introducción de Filippo Mignini, director del Instituto Matteo Ricci, que narra la vida e influencias del autor. Siguen los prefacios de Qu Taisu, amigo de Ricci, y de Feng Yingjing, curador de la obra china de 1601. El recorrido inicial finaliza con el proemio del propio autor publicado cuando Feng curó el texto.


El libro es un auténtico tesoro que puede leerse de corrido o por fragmentos. Personalmente prefiero esta segunda opción. El azar puede ser un juego divertido cuando lo que se encuentra son máximas. Realizo el ejercicio en este momento. Pienso en mi preocupación inicial, la de mis amigos en Hi5 y, concretamente, en cómo se define la amistad. Tomo el ejemplar, lo abro y aparece la sentencia 42: «Los confines de la amistad son amplios: también las personas más bajas en la sociedad, cuyo principal oficio es ser ladrones, se unen en grupos con amigos y así pueden luego ejercer su oficio». ¡Cuidado con esos amigos!, parece aconsejarme.


En la misma página leo la 43: «Cuando se considera al amigo como a sí mismo, entonces el lejano se avecina, el débil se fortalece, quien padece súbita desgracia vuelve a la prosperidad, el enfermo sana y –¿qué necesidad hay de tantas palabras?– el muerto está como si estuviera vivo».


Ambas sentencias arrojan luz sobre mi pregunta; ambas están en la misma página y fueron parte de la lectura casual que propongo. Reitero, si se prefiere la lectura lineal es igualmente válida, aunque no tan juguetona.


Veamos finalmente qué me aconseja Matteo Ricci para concluir esta breve inquietud: «Después de haber contraído una amistad, cuídate de no romper el pacto; ya que, una vez roto, aunque se puede reparar, es difícil regresarlo a su estado original. Las macetas de jade reparadas son feas a la vista y fáciles de romperse nuevamente: no tienen casi ninguna utilidad».


Esa fue la sentencia 84 y cierro con la 86: «Si no puedes ser amigo de ti mismo, ¿cómo podrás ser amigo de otros?»

[1] Ricci, Matteo. (2007). De la amistad. México DF: Los libros de Homero.

[Publicado en Istmo 296, mayo-junio 2008.]

18.6.08

Ícaro / Sergio Pitol

Ícaro
Sergio Pitol
Almadia. Oaxaca, 2007.
233 págs.

¿Sería demencial decir que Sergio Pitol es el escritor mexicano vivo más importante? ¿Aún más arrojado sería etiquetarlo como el mejor cuentista de México de la actualidad? El poblano, quien descubrió el cuento en sus lecturas de Borges, Onetti y Faulkner, ha hecho de este género una nueva vivencia.

Ícaro es el resultado de años dedicados a la noble y demandante pasión por las letras. El presente volumen es una antología propuesta por el mismo Pitol donde comparte algunas de sus mejores narraciones. Destacan los cuentos «Nocturno de Bujara», «La pantera» y «Cementerio de tordos».

En «De cómo escribí mis primeras novelas» el Premio Cervantes 2005 nos participa de la metodología e influencias en la redacción de El tañido de una flauta y Juegos florales. Por ejemplo, devela que no conoce «mejor enseñanza para estructurar una novela, que la traducción».

Otro de sus textos relata la amistad que ha establecido con Enrique Vila-Matas a raíz de coincidir en numerosos congresos, presentaciones y ferias.

Cada uno de los escritos provocan en el lector una levitación tal que, como el mítico Ícaro, sentirá deseos por explorar lo ignoto. La prosa de Pitol, sin duda, alcanza la idea de Belleza.

[Publicado en Istmo, 296, mayo-junio 2008]

16.5.08

Mountolive / Lawrence Durrell

"Y, además, como todos los amantes inexpertos desde que el mundo es mundo, no se conformaba con dejar las cosas como eran; tenía que explorarlas y evaluarlas en su mente, a conciencia. Todas las respuestas que ella le daba eran inesperadas. Si él mencionaba al marido, Leila se enojaba enseguida, interrumpiéndole con una franqueza que lo dejaba cohibido:
-Yo lo amo. No quiero que se hable mal de él. Es un hombre noble y nunca querría hacer nada que pudiera lastimarlo.
-Pero...pero... -tartamudeaba el joven Mountolive; y entonces, riéndose de su perplejidad, ella volvía a echarle los brazos al cuello, diciéndole:
-¡Tonto, David, tonto! Si él mismo me dijo que te tomara por amante. Piensa... ¿no es sensato, a su modo? ¿Temiendo perderme del todo por mala suerte? ¿Nunca has estado hambriento de amar? ¿No sabes lo peligroso que es el amor?" (Pág. 43)

8.5.08

Balthazar / Lawrence Durrell

"Lentamente la luna azulada de la primavera se encarama sobre las casas, trepa a los minaretes entre las palmeras restallantes, y con ella la ciudad parece desplegarse como un animal que, terminado el invierno, sale de su cueva, se estira y empieza a beber la música de estos tres días de fiesta.

El jazz que se escapa de los sótanos desplaza el apacible aire invernal de los parques y avenidas, mezclándose quizás al llegar al horizonte con el tamborileo de la hélice de un barco en las aguas profundas del estuario. O por un breve instante se puede ver y oír el estallido y la lenta caída de un fuego de artificio contra un cielo que por un momento se enrosca en los bordes y enrojece como una hoja de papel carbónico ardiente; carcajadas frenéticas que se mezclan con el mugido ronco de un viejo barco, más allá de la barra que defiende el puerto, como una vaca delante de la puerta cerrada del establo.

'El enamorado tiene miedo del Carnaval', dice el proverbio." (Pág. 259)

29.4.08

Justine / Lawrence Durrell

"Las primeras lámparas, húmedas y mortecinas, habían empezado a endurecer el empapado telón de fondo de Alejandría. De la avenida costera, con sus cafés semiocultos por la bruma marina, venía una borrosa y titilante fosforescencia. El viento soplaba violentamente hacia el sur. Rígido como una esfinge, el lago Mareotis estaba acurrucado entre sus juncos. Balthazar me dijo que buscaba la llave de su reloj de oro fabricado en Múnich. Después pensé que ese apremio ocultaba el significado simbólico que ese reloj tenía para Balthazar: el tiempo libre fluía a través de su cuerpo y el mío, delimitado durante tantos años por ese reloj histórico. Múnich, Zagreb, los Cárpatos... El reloj había pertenecido a su padre. Un judío de alta estatura, envuelto en pieles, que viajaba en trineo. Balthazar había entrado en Polonia en brazos de su madre, y su única experiencia del mundo era el contacto helado de las joyas que ella llevaba en ese paisaje de nieve. El reloj había latido suavemente contra el cuerpo de su padre, y después contra su cuerpo, como un tiempo que fermentara en ellos. Se le daba cuerda con una llavecita en forma de ankh, atada a su llavero con una cinta negra." (páginas 131-132)

23.4.08

Alfonso Reyes sobre Rivadeneyra

"Las más conocidas colecciones eruditas de carácter general son: la de Rivadeneyra --magno esfuerzo, muy envejecida y rectificada ya en conjunto y en detalle, muy desigual en selección y pureza de textos, con grandes huecos en las series genéricas, aunque cuenta con algunos nombres venerables entre sus colaboradores y con algunos volúmenes de extraordinario mérito--. (...) A propósito de Rivadeneyra, cuyos textos se han venido todavía corrompiendo más en las sucesivas reimpresiones de que nadie se hizo cargo, es triste recordar la historia del Diccionario de Construcción y Régimen, de Rufino José Cuervo. Fundada esta obra en los textos de la Rivadeneyra, el autor, que dejó mucho material inédito además de los dos volúmenes publicados y que apenas llegan a la letra D, se detuvo horrorizado al percatarse de que trabajaba sobre versiones defectuosas."

Alfonso Reyes se está refiriendo en este texto a Manuel Rivadeneyra, español que editó la Biblioteca de autores españoles desde la formación del lenguaje hasta nuestros días, en 1888. Sencillamente, me llamó la atención encontrar mi apellído entre las sabias páginas del maestro Reyes ("Apuntes sobre la ciencia de la literatura" en Páginas adicionales (Obras Completas XIV). México: FCE, pp. 371-372).

23.3.08

¿Ironía o sabiduría?

¿Dónde se encuentra la sabiduría?
Harold Bloom
Punto de lectura. México, 2006.
350 págs.


Para los antiguos griegos la búsqueda de la sabiduría era algo serio. «Los orígenes de la filosofía, y, por tanto, de todo el pensamiento occidental, son misteriosos. (…) En realidad, la época de los orígenes de la filosofía griega está mucho más próxima a nosotros. Platón llama “filosofía”, amor a la sabiduría, a su investigación, a su actividad educativa, a la forma literaria del diálogo.»[1]

Es verdad, Platón fue el primero en combinar el amor con la sabiduría, la Philé con la Sophía. Gracias a él la actividad que urde el saber mediante la observación y los silogismos tiene un nombre. Occidentalmente se considera a Tales de Mileto como el primer filósofo. Sin embargo, descartar la filosofía ancestral china o india sería peligroso y falaz, aunque por el momento no navegaré esos cauces y seré muy occidental en mi análisis.

Tales, por ejemplo, buscó el saber en el cosmos. Pudo predecir un eclipse solar (585 a.C.) y darle una explicación científica. Igualmente desarrolló una teoría donde explicaba cuál era el origen —arjé— de todas las cosas. A él le siguieron Anaxímenes, Anaximandro, Anaxágoras, Heráclito, Parménides, Empédocles, Pitágoras, Demócrito y Sócrates. Todos son conocidos como filósofos —si bien algunos se adentraron también en otros saberes— porque buscaban la sabiduría mediante razonamientos lógicos que pudieran explicar lo que veían y pensaban. Es el nacimiento del pensamiento científico, por supuesto.

Platón y el resto que son conocidos bajo dicho título —filósofos— igualmente van tras el saber. Su discurrir es el mismo en casi todos, aunque las conclusiones de cada uno estén matizadas. Eso no importa, pues buscan la sabiduría.

Harold Bloom, en ¿Dónde se encuentra la sabiduría? investiga en otros campos. Desde el principio del libro nos anuncia que para él ésta estará en los textos «sapienciales». In strictu sensu, la literatura. El recorrido del libro abarca desde la Biblia hasta los textos apócrifos, sin perder de vista a su consentido: Shakespeare. En este viaje se detiene en Homero, Platón, Cervantes, Montaigne, Bacon, Samuel Jonson, Goethe, Emerson, Nietzsche, Freud y Proust.

Lo primero que salta es que sólo hay un filósofo sistemático en su lista, Platón, y además, no sale muy bien parado frente a Homero, pues es disecado sólo literariamente. Bacon y Nietzsche son los otros que aparecen aunque del primero sólo le interesan sus Ensayos y del segundo sus aforismos. Hacia el final del libro aparecerá San Agustín sólo para ser comentado por sus Confesiones. El resto de la obra agustiniana, como la de los demás filósofos, le tienen sin cuidado.

Para el profesor de Yale nada superará la sabiduría que existe en la obra de Shakespeare. Casi en el mismo andamio coloca a Cervantes como el creador de la novela moderna. Constantemente identifica a Hamlet con Don Quijote y a Falsfatt con Sancho. Muestra su dominio sobre ciertas obras de la literatura occidental y en ocasiones ilustra. Hay otras en donde aburre. Las citas tienden a ser excesivas e innecesarias. Preferiría escuchar su voz y no tanto la de los autores que menciona.

Algo es claro, la tesis del ensayo es, como ya quedó mencionado, que «la sabiduría se encuentra en los textos literarios». Agregaría un par de elementos más: la ironía y la muerte. «La sabiduría está en las obras literarias donde exista un dejo de ironía y una lección sobre la muerte», debería rezar la última línea de la página 350. Tampoco es sorpresivo el tema de la fatalidad humana; desde el primer párrafo nos advierte que el libro fue re-escrito tras la cercana experiencia con la muerte que tuvo debido a una enfermedad y el dolor de la pérdida de sus amigos. No condeno esto, sino la subjetividad que ello implicó en el desarrollo de la obra.

Leer a Sócrates en los diálogos de Platón es exquisito, además de por la bien cuidada prosa platónica, por la ironía socrática. Esta es un elemento enriquecedor de toda literatura. Un gozo se manifiesta cuando nos encontramos con textos irónicos que, además, resultan iluminadores. Pero, ¿reducir la sabiduría al potencial irónico del escritor en ciernes? La falacia es evidente.

Olvidemos tales afirmaciones y mantengamos la tesis inicial y central. ¿Es posible sostener que la sabiduría radica en la literatura? No hay duda que la literatura está llena de enseñanzas que pueden beneficiar mayúsculamente a las personas. De allí no se sigue la exclusión del resto de las ciencias. El texto se torna interesante si omitimos la tesis central y lo tomamos como un recorrido por la ironía en la literatura occidental. Aunque claro, sería otra obra y a la misma le faltarían varios autores más que sin explicación fueron excluidos de la presente.

«La sabiduría, sea esotérica o no, me parece una perfección capaz de absorber o destruir, según lo que le aportemos», comenta Bloom al inicio de este trabajo. Irónicamente, parece que en la búsqueda por la sabiduría el autor fue destruido por su propio impulso hacia la literatura. He de reconocer que el título es sumamente sugerente. Por desgracia, su pretensión cojea ante las expectativas de un lector de literatura, historia y filosofía.

[1] Colli, Giorgio. (2000). El nacimiento de la filosofía. Tusquets: Barcelona, pág. 13.