5.11.07

Día de muertos: una fiesta muy mexicana

En México tenemos una tradición que se remonta a nuestras culturas mesoamericanas. A muchos extranjeros les resulta curiosa. Quienes han visto los altares de muerto que preparamos con ocasión de ese día (2 de noviembre) quedan sorprendidos. La foto que tomé este fin de semana en Ciudad Universitaria (UNAM) es un ejemplo de ello. "El solitario mexicano ama las fiestas y las reuniones públicas. Todo es ocasión para reunirse. Cualquier pretexto es bueno para interrumpir la marcha del tiempo y celebrar con festejos y ceremonias hombres y acontecimientos. Somos un pueblo ritual. Y esta tendencia beneficia a nuestra imaginación tanto como a nuestra sensibilidad, siempre afinadas y despiertas. El arte de la fiesta, envilecido en casi todas partes, se conserva intacto entre nosotros. En pocos lugares del mundo se puede vivir un espectáculo parecido al de las grandes fiestas religiosas de México, con sus colores violentos, agrios y puros y sus danzas, ceremonias, fuegos de artificio, trajes insólitos y la inagotable cascada de sorpresas de los frutos, dulces y objetos que se venden esos días en plazas y mercados", nos dice Octavio Paz. Continúa páginas adelante: "La muerte es un espejo que refleja las vanas gesticulaciones de la vida. Toda esa abigarrada confusión de actos, omisiones, arrepentimientos y tentativas —obras y sobras— que es cada vida, encuentran en la muerte, ya que no sentido o explicación, fin. Frente a ella nuestra vida se dibuja e inmoviliza. Antes de desmoronarse y hundirse en la nada, se esculpe y vuelve forma inmutable: ya no cambiaremos sino para desaparecer. Nuestra muerte ilumina nuestra vida. Si nuestra muerte carece de sentido, tampoco lo tuvo nuestra vida."

El siguiente párrafo ilustra nuestra visión mortuoria: "Para los antiguos mexicanos la oposición entre muerte y vida no era tan absoluta como para nosotros. La vida se prolongaba en la muerte. Y a la inversa. La muerte no era el fin natural de la vida, sino fase de un ciclo infinito. Vida, muerte y resurrección eran estadios de un proceso cósmico, que se repetía insaciable. La vida no tenía función más alta que desembocar en la muerte, su contrario y complemento; y la muerte, a su vez, no era un fin en sí; el hombre alimentaba con su muerte la voracidad de la vida, siempre insatisfecha. El sacrificio poseía un doble objeto: por una parte, el hombre accedía al proceso creador (pagando a los dioses, simultáneamente, la deuda contraída por la especie); por la otra, alimentaba la vida cósmica y la social, que se nutría de la primera." Entonces distingue entre los ritos aztecas y los cristianos: "Para los antiguos aztecas lo esencial era asegurar la continuidad de la creación; el sacrificio no entrañaba la salvación ultraterrena, sino la salud cósmica; el mundo, y no el individuo, vivía gracias a la sangre y a la muerte de los hombres. Para los cristianos, el individuo es lo que cuenta. El mundo —la historia, la sociedad— está condenado de antemano. La muerte de Cristo salva a cada hombre en particular. Cada uno de nosotros es el Hombre y en cada uno están depositadas las esperanzas y posibilidades de la especie. La redención es obra personal."

La muerte nos acompaña, está con nosotros, en nuestras casas: "Por otra parte, la muerte nos venga de la vida, la desnuda de todas sus vanidades y pretensiones y la convierte en lo que es: unos huesos mondos y una mueca espantable. En un mundo cerrado y sin salida, en donde todo es muerte, lo único valioso es la muerte. Pero afirmamos algo negativo. Calaveras de azúcar o de papel de China, esqueletos coloridos de fuegos artificiales, nuestras representaciones populares son siempre burla de la vida, afirmación de la nadería e insignificancia de la humana existencia. Adornamos nuestras casas con cráneos, comemos el día de los Difuntos panes que fingen huesos y nos divierten canciones y chascarrillos en los que ríe la muerte pelona, pero toda esa fanfarronada familiaridad no nos dispensa de la pregunta que todos nos hacemos: ¿qué es la muerte? No hemos inventado una nueva respuesta. Y cada vez que nos la preguntamos, nos encogemos de hombros: ¿qué me importa la muerte, si no me importa la vida?"

Todo lo citado aquí lo extraje de El laberinto de la soledad, de nuestro premio Nobel 1991. Es un rito, una tradición que encanta, fascina, contagia a quien la presencia. Reírnos de la muerte como forma de alabanza no deja de ser sui generis. No sólo reírnos, revivirla para verla de frente, hablarle y hacer que nos hable; encararla para, tal vez así, vivir en paz con la idea de que algún día habremos de morir.

3 comentarios:

Mallén dijo...

MIra lo que son las cosas... y yo justo abordando el tema colateralmente en mi blog... Me encanta el modo de pensar y sentir la muerte que tienen ustedes como nación.
Cariños!!!!!

Revista *CaLMa* dijo...

Lo que son las fiestas, Todos los Santos del catolicismo es Halloween celta. Y esta fista tomada por los aztecas cambia radicalmente.

Jesus

Revista *CaLMa* dijo...

Lo que son las fiestas, Todos los Santos del catolicismo es Halloween celta. Y esta fista tomada por los aztecas cambia radicalmente.

Jesus