31.5.07

Dialéctica de la interioridad

Uno de mis pasajes preferidos de la Fenomenología del Espíritu de Hegel es la Dialéctica del Amo y del Esclavo. En ella, el alemán, -cuya fecha de nacimiento coincide con la mía- desarrolla el tema del ser consciente, de la autoconsciencia. Leerlo es una delicia. Hago un breve resumen pero de verdad vale la pena echarle un ojo al texto original.

A lo largo de todo el libro el tema de la consciencia es el eje sobre el cual se desarrolla el resto de la filosofía que culminará en el Espíritu Absoluto. Obviamente, es un ejercicio dialéctico regocijante. Un primer momento llega por medio de la aproximación de la Certeza Sensible. Allí será donde Hegel dilucidará la llegada de la consciencia como consecuencia de la otredad. Veamos entonces el desarrollo dialéctico de la consciencia en este primer periodo. El amo es tal porque el esclavo lo reconoce como tal y el esclavo lo es porque así lo determinó el amo. El tema, como es posible notar, es el reconocimiento, el cual es tan importante como cualquier relación objetiva en la sociedad.

Tesis: El esclavo reconoce al amo como un ser consciente. El amo, entonces, necesita del esclavo para serlo. Al hacerlo, no necesariamente reconoce al esclavo como otro igual, como un ser consciente. De hecho, sólo lo percibe como un objeto útil, carente de consciencia.

Antítesis: El amo deja de ser reconocido por el esclavo como tal al percibir el esclavo al amo como un igual. Una consciencia se enfrenta a la otra. El amo ya no es amo porque el esclavo ha dejado de percibir al amo como tal. Sin embargo, el amo, por la utilidad del esclavo, sigue reconociendo al esclavo como esclavo, si bien no aún como consciencia.

Síntesis: El esclavo supera la consciencia del amo y se convierte ahora, él, en el ser reconocido. El amo, al haber dependido del reconocimiento del esclavo, se convierte en esclavo él mismo otorgándole al esclavo el reconocimiento de una consciencia distinta a la propia. El esclavo ha superado al amo pues ha logrado no sólo ser consciente de sí mismo, sino del otro y con ello haber adquirido autoconsciencia. El amo, en cambio, no logró adquirirla pues sólo se reconocía a sí mismo como consciencia, viéndose superado por la consciencia del esclavo.

Este ejercicio dialéctico es posible aplicarlo en casi todo: desde relaciones comerciales, familiares, laborales, de pareja y hasta donde la imaginación llegue.Los seres humanos actualmente vivimos una crisis de interioridad. Hay un vacío que no es necesario que nos recuerden está allí, pues a diario se manifiesta de alguna manera. ¿Cómo fue que el ser humano se ha perdido a sí mismo? ¿En dónde nos hemos perdido?

Me remontaré a la Revolución Industrial y el auge de la producción en serie. Es por demás conocido el debate que enfrenta al hombre contra la máquina. En realidad, el problema no es la máquina en sí, sino lo que los hombres hemos hecho de las máquinas o, mejor dicho, lo que hemos permitido que las máquinas hoy en día sean. Desde finales del siglo XVIII hasta el gateo del siglo XXI la invención ha consumido a su inventor. El hombre ha permitido que su pensamiento gire en torno al dominio de la técnica, techné, olvidando cada vez más el propio ser, la areté. La sabiduría es hoy una reminiscencia del pensamiento ilustrado.

Curiosamente, la racionalización de una sociedad industrial ha irracionalizado al individuo. Con ello se ha logrado que nuestro fin último, la felicidad de acuerdo con Aristóteles, se piense está en la acumulación de bienes materiales. Pero como estaba advertido desde los griegos, la felicidad no puede ser un bien pasajero porque entonces se vuelve a sentir esa vacuidad dentro de uno.

La sabiduría que nos llevó a crear máquinas que nos permitieran el trabajo sin tanto esfuerzo ahora es un pensamiento técnico. El hombre que creó la máquina piensa como la máquina, delegando su interioridad a un artefacto cuyo mayor defecto es su incapacidad natural, de origen, para reconocer al otro.

Como el amo, los hombres poco a poco nos vamos quedando con fragmentos de nuestra interioridad, la cual se hace cada vez más frágil. Al pretender reconocer algo que en sí mismo es incapaz de reconocerme, en lugar de haberlo hecho con un ser cuya naturaleza implica ser consciente de la consciencia del otro, estamos alejándonos cada vez más de la autoconsciencia.

Hemos exteriorizado lo que somos sin haber logrado alimentarnos más. De allí que surja la necesidad de buscar satisfacciones momentáneas para llenar ese espacio que ha quedado vacío. Por supuesto, esta es una condición ideal -y probablemente ideada- por el capitalismo para el consumo masivo.

Por definición, el ser humano masificado es irracional. Al perder la capacidad de reconocer y ser reconocidos por otros, cedemos terreno al mundo de la indeterminación. Allí, somos productos de la corriente social, política o económica que impera. El individuo que destaca sólo es aquel que se inserta en el sistema para mejorarlo. El verdadero libre pensamiento escasea. Hasta la rebeldía está prevista que así suceda. Es necesaria para mantener el dinamismo del sistema.

Hace falta mantener el movimiento consciente de la libertad del ser. La crisis de interioridad que comenzamos a experimentar cada vez con mayor frecuencia es antitético. Hoy, nuestra interioridad está afuera, porque así lo hemos decidido. Lo está, porque pensamos en la libertad como indeterminación, cuando en realidad deberíamos hacerlo como autodeterminación. Sólo así romperíamos las cadenas que nos atan a nuestro propio egoísmo.

2 comentarios:

Enrique G de la G dijo...

Te salvaste por poquito con eso de que naciste el mismo día que Hegel... se ve que te apuraste a nacer. Un poco más y nacías agustiniano, como Galindo...

Roberto dijo...

Sí, caray. Tal vez el espíritu de Hegel ayudó a encauzar mi nacimiento para ese mismo día. Ojalá también me haya heredado algo de su filosofía de manera innata. Me saludas a Galindo cuando hables con él.