28.9.07

Las agendas o la pérdida de la memoria

LA ODISEA DEL RECUERDO
Platón profetizó el desuso de la memoria. En la antigua Grecia la mnemotecnia era un arte bien desarrollado. Se sabe que La Ilíada y La Odisea fueron poemas creados en el siglo IX a.C. cuando la escritura no existía aún. Sin embargo, ambos relatos llegaron hasta nuestros días gracias a la vieja tradición de repetir para aprender y luego transmitir. Esto sucedió por generaciones hasta el arribo de la escritura, calculado entre los siglos V y IV a.C.

Los rapsodas encargados de difundir estos poemas eran los homéridas, de ahí que las narraciones de la guerra de Troya y el regreso de Ulises a su natal Ítaca se atribuyan a Homero, a pesar de que estudios filológicos pongan en duda su existencia. Lo indudable es que todos gozamos de estas aventuras gracias a su impresión, ahora en papel, antes en tablillas de cera. Pero esta nueva invención æla escrituraæ no deleitó a todos. Platón fue enemigo declarado del nuevo arte. Al final de su diálogo Fedro relata el mito de Theuth y Thamus, que expondré brevemente.

Theuth, dios egipcio a quien se le atribuía el descubrimiento del número, el cálculo, la geometría, la astronomía, el juego de damas, el de los dados y la escritura, va al encuentro de Thamus, rey de todo Egipto. En su visita, el dios pretende mostrarle sus artes al rey, entre las cuales destaca la invención de las letras, invento que él presume hará más sabios y memoriosos a los egipcios. Pero a Thamus no le agrada, afirma que su único efecto será la pérdida de la memoria, ya que se fiarán de lo escrito y llegarán al recuerdo desde fuera, mas no desde ellos mismos.

A partir de este invento la costumbre de repetir mnemotécnicamente un poema quedó olvidada, junto al Partenón, en la antigua Grecia. Esta tradición no es exclusiva del mundo helénico. Los egipcios, excepto los escribas, sacerdotes y faraones, propalaban sus enseñanzas de forma oral sin tablilla alguna. Los chinos, incas, mayas y aztecas lo hicieron del mismo modo. La escritura era algo vedado para la mayoría y asociado con lo sagrado.

Actualmente, las sociedades funcionan distinto. Las letras son una herramienta que escapó al misterio para introducirse en lo común. El manejo de tanta información sería imposible sin su uso. La gente está acostumbrada a leer, por lo que la lectura se convierte en requisito indispensable para la supervivencia humana. La lectura también es sinónimo de cultura. Un pueblo leído es un pueblo educado. La leyenda que apoya el día nacional del libro en nuestro país reza así: «leer para ser mejores», y una revista nacional imprime la siguiente frase: «uno es lo que lee». La escritura ya es una realidad y no conviene ignorarla. Sin embargo, como todo, tiene sus excesos.

EL MUNDO DE FUNES
Aprenderse todo de memoria, probablemente con el fin de evadir lo escrito, es uno de los extremos de este invento. En Funes, el memorioso, Borges nos advierte de los riesgos de vivir sólo para la memoria. Memorizar es, ante todo, tener presente algo pasado. Pero, ¿dónde queda el futuro, figura temporal de la existencia?

El hombre es un ser en el tiempo (Dazeit), como bien observó Heidegger, por lo que sólo recordar es dejar a un lado algo de nosotros mismos. La esperanza, por ejemplo, es un hecho futuro basado en una realidad presente. El peligro de memorizar æel más grave en mi opiniónæ es el que advierte Borges en su cuento: la pérdida del discurrir dialógico, el olvido del pensamiento Si lo único que se hace es vivir para la memoria, entonces no hay tiempo para pensar.

El cineasta alemán Wim Wenders afirma con verdad que «repetir es humillante», tanto para el autor como para quien lo hace, por lo que dejaré al mismo Borges hablar del tema: «había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos».

La obsesión de memorizarlo todo conduce al abandono de aquello que, según Aristóteles, nos diferencia de los animales: la racionalidad.

¿PARA NO OLVIDAR?
El otro defecto que parió la escritura fue escribirlo todo (contra esto luchó Platón). La creación de las agendas ejemplifica lo dicho. El Diccionario de la Lengua Española dice sobre la agenda: «libro o cuaderno en que se apuntan, para no olvidarlas, aquellas cosas que se han de hacer». (Está claro que el célebre diccionario no tenía contemplada la creación de las Palm.)

Ignoro cuándo fue creada la primera agenda, pero puedo adivinar que fue casi simultánea a la creación de la escritura. Como en todo, virtudes y defectos nacen juntos. La agenda es la iconización de un mundo cada vez más desmemoriado. Su definición carga con su propio defecto: «para no olvidarlas».

Nuestra civilización es un vertiginoso presente que anhela un gran futuro, sin jamás voltear al pasado. Estamos reinventando nuestras fallas. La historia es abandonada. El defecto, como ya se pudo advertir, sigue el mismo cauce que el de memorizarlo todo; se olvida el pasado, error igual de terrible para la humanidad.

SIN MEMORIA: REGRESO AL PASADO
¿Por qué todavía hay guerras? Una de las múltiples respuestas sugiere la amnesia histórica. A pesar de las trágicas consecuencias que se sabe trae una batalla «a muerte», se siguen armando ejércitos para atacar (o para defenderse). Vivir en constante presente provoca la repetición de los yerros. Así como pensar es olvidar diferencias, aprender es retener el pasado para utilizarlo en el presente y en el futuro.

Nuestro pasado es ignorado, descuidado y pisoteado porque el ser humano ha perdido el hábito de recordar. Escribirlo todo conduce a olvidarlo todo. Como bien observó el rey egipcio, los seres humanos recuerdan, a partir de este exceso, empíricamente. El error radica en que no siempre es posible tener la advertencia frente a nuestros ojos. Ahí es cuando la memoria interna juega un papel decisivo.

No hay nada en la realidad que nos recuerde que pelear, hacer la guerra, es dañino, salvo que estemos en guerra. Sólo será posible conocerlo al revivir el pasado plasmado en los libros. En este sentido la escritura es un gran utensilio, pues permite conocer una consecuencia trágica sin tener que experimentarla en vida.

DE MACONDO A LAS PALM
Crear hábitos para hacernos vulnerables no es recomendable. Utilizar una agenda para recordar todas nuestras actividades es crear una debilidad. Una persona que ha perdido u olvidado su preciado memorándum vive indefensa, no sabe cuáles son sus actividades del día.

Sin embargo, no se ha percatado de que lo más seguro y confiable es la mente. Ahí nada se pierde, nada se deja en otro lado (claro, siempre y cuando memorizar sea un hábito). Saber qué tengo que hacer sin recurrir a algo externo a mí es lo más sano. El ser humano tiene la capacidad de almacenar una infinita cantidad de datos en su cerebro. Sólo basta pensar en el hecho de que La Ilíada y La Odisea se memorizaban de cabo a rabo. ¿Acaso este mismo ser humano, 30 siglos más tarde, no es capaz de llevar una agenda mental?

Lo más curioso es que la agenda sirve para recordar que hay una cita a tal hora, el cumpleaños del jefe, el salón y la clase o la fecha de un examen (junto con la hora). Pero, ¿cómo recuerdan esas personas que deben abrir todos los días, a todas las horas, la agenda para revisar los pendientes? Es un vicio, un círculo vicioso en el cual están atrapados por ellos mismos, y sólo la voluntad de practicar un poco de mnemotecnia los salvará de su propia catástrofe.

Para colmo, la tecnología se encarga de «facilitar» las cosas. En nuestros días es posible conseguir agendas de todos tamaños, formas, colores, electrónicas o tradicionales. Las Palm son la aberración de cualquier agenda. Aunque es frecuente ver a la gente con una de ellas, este exceso elimina, no sólo la capacidad mnemotécnica, sino la escritura.

Para escribir en ellas es necesario aprender una nueva grafología. Por ejemplo, la k ahora es la mitad de la k, la f ya no es f y el 4 es parecido a una u. Paradójicamente, aquello que hizo posible la agenda es succionado por su creación, consecuencia hasta cierto punto lógica.

El descuido de la memoria lleva al desuso de la escritura. ¿Sería esto lo que tenía en mente Gabriel García Márquez cuando describe la epidemia de olvido que azota a Macondo en Cien años de soledad? Si era o no, lo cierto es que Macondo cada vez toma forma más real, pero me pregunto, ¿quién será Melquiades para resucitar nuestra memoria?

Por lo menos, todavía sabemos leer, aunque no dudo que también lo olvidemos. Ya existen agendas-grabadoras: se le «habla» a la agenda y al apretar un botón ésta repite el mensaje; la invención de Thamus ha quedado superada, con el defecto de que no la supeditó la memoria sino el olvido. El refrán dice cría cuervos y te sacarán los ojos; lo corrijo y aplico a este tema: cría agendas y te secarán la memoria.

REDESCUBRIENDO LA HISTORIA
Platón rechazó la escritura, no porque fuera mala en sí misma, sino debido a las tropelías que cometemos los seres humanos. Sería contradictorio pensar que verdaderamente tuvo en mente abolir las letras impresas (escritas en su tiempo), pues él escribió 36 diálogos en los que legó su pensamiento.

El fundador de la Academia no era tonto y sí bastante realista. Conocía bien la naturaleza humana con sus vicios y pasiones, y la debilidad de la voluntad es uno de los vicios más frecuentes. La malicia de la agenda proviene del abuso que de ella se hace, sobre todo de la escritura, abuso que Platón vislumbró hace 25 siglos, por muchos olvidados.

Sin embargo, para todo mal existe una cura, una pócima. El brebaje mágico que curará la amnesia tiene varios ingredientes:

1) El estudio del ayer, pues al leer nuestro pasado estamos conociendo nuestro presente. La historia, y por lo tanto la memoria, es lo que somos, olvidarlo es olvidarnos, abandonarnos en las manos de lo que no es, de lo que no queríamos ser.

2) Procurar recordar lo que hicimos en el día. Antes de dormir hacer un examen de lo hecho ese día. Al principio costará mucho esfuerzo, pero en la medida en que se convierta en hábito el esfuerzo apenas se notará.

3) Apuntar lo menos posible y confiar más en nuestra memoria, pues allí nada se pierde y, como dice el refrán, «lo que bien se aprende jamás se olvida».

4) Tratar de memorizar una dirección o número telefónico diario, relacionando los datos con alguna referencia sensorial, familiar, histórica, cómica, etcétera.

En el mejor de los casos, estos consejos pueden ayudar a obtener una memoria lúcida y siempre lista para dar el dato correcto. Lo que sí es seguro, es que ejercitan la memoria y benefician también la sinapsis —establecer lazos neuronales—, que no le cae mal a nadie. No rechazo las agendas, sino su mal uso, principal culpable de lo que actualmente somos: una sociedad sin memoria histórica.

Los recuerdos permiten al hombre vivir y revivir sus anécdotas y con ellas regodearse. ¿Qué sería de nosotros si no pudiésemos recordar lo que hicimos ayer? ¿Dónde, entonces, nos buscaríamos? Estas son preguntas que antes de pedir respuesta invitan a reflexionar y, por qué no, a encontrar en el camino la memoria.

(Publicado en istmo en el número 256, septiembre-octubre, 2001)

6 comentarios:

Saul dijo...

2001 chunga?

Roberto dijo...

Así es, hace algunos añitos. De hecho, mi primer artículo publicado.

Enrique G de la G dijo...

¡Hey! En el 2001 leí este artículo y se me quedó muy grabado en la memoria. Qué curioso: precisamente esta semana le contaba a un batoloco de por acá tu teoría de la pérdida de la memoria. ¡Qué casualidad! Seguro que si lo leo ahorita otra vez voy a tener qué corregir mis recuerdos o mi interpretación del texto... Dilema: ¿qué hacer? Jajaja... Un abrazo, Chunga.

Jesús dijo...

Pues no es bueno recordarlo todo, de hecho los sueños son para borrar lo superfluo

Roberto dijo...

Kics: Me siento halagado. Coincidencias...

Jesús: Por eso menciono a "Funes, el memorioso" de Borges. De acuerdo.

Erranteazul dijo...

Gracias. No sé si exhaustivo, pero absolutamente informativo. Sin embargo, me pregunto si acaso no sería hermoso perder la memoria de vez en cuando o incluso por siempre.

De nuevo, grax.