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29.3.08

Diálogo posmoderno

Karina me mandó un mensaje para reclamarme. Me tomó por sopresa. Le contesté el mensaje. A las pocas horas, supongo que vio el mensaje, respondió con otro mensaje. Lo abrí, lo leí y cortesmente hice lo propio. La indignación de Karina fue evidente en el siguiente mensaje que me llegó. Así que pensé: "ella, ¿indignada? Ni madres". En chinga teclee las palabras en el celular y lo envié. Yo sí tenía motivos para estar indignado. Le reclamé por su descortesía. Me contestó que "una cosa no tenía que ver con la otra", y que "ya no tenía sentido aclararlo". No respondí.

27.7.07

Visita al psicoanalista III

Lo sé. No tengo pretextos. O tal vez sí los tengo pero no me interesa compartirlos. Siempre he pensado que justificarse es negarse; las acciones deben hablar por uno mismo y no nosotros por nuestras acciones. Cosa más absurda. Existe un hecho rotundo. No he ido a las consultas. Las razones que te dé para justificar mi ausencia pueden resultar baladí o no, al fin y al cabo, accidentales. Sin embargo, como parte de la terapia, te platicaré lo que he estado haciendo y cómo han estado mis pensamientos. Estuve de vacaciones. Fue maravilloso. Siempre había tenido ganas de ir al desierto, internare en él y contemplar la quietud, la ausencia de sonido, la magia de la soledad. Tomé el auto y recorrí por autopista varios estados del país. Algunos paisajes son hermosos, otros cansados, otros tantos tristes y los hay feos también. Llegué al desierto. Una de las cosas que me recomedaron mucho hacer era buscar un chamán y convivir con él durante algunos días. Así lo hice y encontré a Don Juan. Excelente persona. Hospitalaria. Con Don Juan vivían otras personas más, aunque nunca logré detectar su lugar en la choza. Igualmente amables. Lo primero que Don Juan llevó a cabo al arribar a sus dominios fue hacerme una limpia con humo, una plumas de diversas aves que finalizó con una infusión de diversas yerbas. No sabía bien, pero según me dijo, era para purgar mi espíritu de las sombras que cargaba. Otro día, después de horas de pláticas sobre la naturaleza y el ser --en su sentido más puro y filosófico que puedas imaginarse-- me llevó a una planicie donde nos sentamos para respirar la naturaleza y llevar a cabo el siguiente paso del ritual de purificación: comer un gajo de peyote. Esto fue algo completamente nuevo para mí. En mi vida he probado drogas, sintéticas o naturales. Simplemente no me atraen, no las considero necesarias para alterar mi consciencia. Sin embargo, no podía rechazar el noble ofrecimiento de Don Juan. Lo tomé y lo ingerí. Sabe amargo. El ritual suele hacerse con varias personas, pero en esta ocasión sólo estábamos Don Juan y yo. Previo a comer el peyote me comentó que si me daban náuseas, no me preocupara y vomitara en una bolsita que me había dado previamente. "Es normal, es lo que tu espíritu necesita expulsar". Al poco tiempo entré en un estado nuevo de mí mismo. Fui sintiendo una empatía hacia todo lo que me rodeaba. La naturaleza era mi amiga, la amaba. ¡Increíble! Después, el espectáculo visual estuvo de maravilla. Todo estaba más vivo. Los colores brillaban con una intensidad que jamás había experimentado. Don Juan comenzó a tocar un tambor que había llevado, mismo que acompañaba con un canto. No entendía lo que decía. No era importante hacerlo. Era un mantra que me elevaba aún más hacia mí mismo. Cerré los ojos y me dejé llevar por la música. La realidad comenzó a transformarse y yo con ella. Me vi de anciano, de niño y de tigre. Así es, me convertí en un tigre. Hermoso. Cuando abrí los ojos podía ver cómo del tambor y las manos de Don Juan emanaba una energía color azul que se expandía por todo el lugar. Inundaba todo. Sublime. Me penetraba y era electrizante. Circulaba por mi torrente sanguíneo, lo podía sentir y ver. Don Juan dejó de tocar y comenzó a disminuir el efecto. Regresé. Durante el viaje no vomité una sola vez --creo que eso es bueno. Volé y fue hermoso. Ya en tierra, compartí con el chamán mi experiencia y me dio su interpretación. Ahora quiero escuchar la tuya, Víctor.

13.7.07

Visita al psicoanalista II

¿Cómo te ha ido, Víctor? Ha pasado una semana. Le he dado vueltas a lo de mi abuelo y he decidido que hoy no quiero hablar de eso. Ya tendremos tiempo para platicar sobre ello con más tranquilidad y mejor digerido. El tema de hoy será distinto. Quiero contarte sobre uno de mis sueños más recurrentes. Resulta que estoy en la playa --¡ah, cómo extraño unas vacaciones al lado del mar, tomando una cerveza mientras permito al sol colorear mi blanca piel-- cuando de repente percibo que un maremoto se acerca. La ola es inmensa. Fácilmente mide 50 metros de alto. Es gigante. No me muevo. Observo cómo se acerca y revienta. La espuma de varios pisos de alto me toma y me escala hasta la cima de la cresta. En ese instante ya no soy una víctima de la ola, sino parte de ella. Hay algo de ansiedad en mí, pero la adrenalina es superior. Monto la ola --nunca he surfeado-- y me dejo guiar por su sabiduría milenaria. Poco a poco comienza a secarse, se retira y me abandona en la misma playa donde me recogió. En ningún momento sentí miedo. Por el contrario, era una gran admiración. La naturaleza sobre mí, poseyéndome, recuperándome. Aún siento el vaivén del oleaje. Me despierto y nunca lo olvido. Hoy soñé con la ola, el maremoto, el mismo que acabó con las vidas de muchas personas en Asia hace algunos años. No me queda duda, me digo a mí mismo al recuperar la conciencia en su totalidad, la naturaleza manda. Nosotros somos parte de ella, pero no somos ella. ¿Eso quiere decir que yo soy un poco de todos, sin serlo? ¿Significa que no soy nadie siempre que procuro definirme? ¡Oh exquisito conflicto! Víctor, creo que me iré de vacaciones. A mi regreso te busco para continuar con las terapias. Gracias por tus valiosos consejos, los aplicaré.

12.7.07

Visita al psicoanalista I

Hay varios asuntos que necesito tratar con usted, ¿o le puedo hablar de tú? Yo preferiría que nos tutéaramos pues de esta manera el ambiente se relaja y es más fácil establecer confianza entre usted y yo, Dr. Zayes. Pero quedamos que ya te iba a llamar por tu nombre de pila. Lo cierto es que últimamente he estado pensando en mi abuelo. ¿Quién fue mi abuelo? Nunca lo conocí. Me dicen que era un buen tipo. Creo que español o algo así. Era alto, caucásico y de ojo claro. No sé cómo haya sido con sus hijos porque hablan poco de él. Mi papá lo menciona sólo cuando es necesario y siempre que le pregunto algo sobre él distrae la conversación. ¿Por qué será? ¿Tienes alguna idea de la razón que esconde mi padre para ocultarme la identidad del suyo, Víctor? Llevo años preguntándomelo. Estéril, no llego a nada. Por eso recurro a ti, tal vez me puedas ayudar, ¿puedes? Incluso quisiera saber por qué algo así me quita tantas horas de pensamientos claros. ¿Cuál es la relevancia de mi abuelo, el desconocido --porque al otro sí lo conocí--, en mi vida? ¿Por qué me obsesiona tanto conocer a alguien que no conocí? Es curiosa la necesidad humana por querer conocer lo desconocido. Insistimos una y otra vez en ello, tercamente hasta que ya no podemos más. Pero sí podemos más y por eso recurrimos a la terapia --ponle el nombre que quieras--, pero lo hacemos. Psicología, psiquiatría, psicoanálisis, metafísica, flores de bach, lectura de cartas, médico general, chamán o quien consideremos que puede auxiliarnos en esta endemónica tarea. El adjetivo es lo de menos. Yo estoy aquí, frente a ti, Víctor, reflexionando sobre mi abuelo mientras tú pacientemente me escuchas y haces anotaciones en tu libreta con tu pluma azul. Me dices que busque las emociones que me genera la ausencia de mi abuelo patern0. La verdad es que ni siquiera tengo claro si lo odio, lo extraño, o es llana curiosidad. ¿Por qué habría de odiarlo? Ni siquiera lo conozco. Pero ahora que lo mencionas, sí me genera un sentimiento de agresión. La sangre me hierve y tengo ganas de....llorar. Su ausencia me genera una angustia, ¿cómo soy yo? No, ¿quién soy?, sino ¿cómo soy? En el laberinto de mi mente hay una puerta a la cual no puedo acceder, y me angustia. ¿Soy algo desconocido? ¿Soy un qué? Dígame doctor, dime Víctor, por favor que este ajedrez mental lo estoy perdiendo. No logro acomodar las piezas sin percibir el ataque, sin sentir que estoy derrotado antes de haber comenzado la partida. ¿Quién es mi abuelo? Yo sé que tú lo sabes, Víctor. Lo sé porque he investigado y tú fuiste su compañero durante la Revolución. Necesito y me corresponde saberlo. Piénsalo, porque la próxima semana quiero una respuesta. Creo que entiendes a lo que me refiero. Ha llegado la hora, sesenta minutos han transcurrido. Que tengas buena tarde. Nos vemos en ocho días.