
Hay varios asuntos que necesito tratar con usted, ¿o le puedo hablar de tú? Yo preferiría que nos tutéaramos pues de esta manera el ambiente se relaja y es más fácil establecer confianza entre usted y yo, Dr. Zayes. Pero quedamos que ya te iba a llamar por tu nombre de pila. Lo cierto es que últimamente he estado pensando en mi abuelo. ¿Quién fue mi abuelo? Nunca lo conocí. Me dicen que era un buen tipo. Creo que español o algo así. Era alto, caucásico y de ojo claro. No sé cómo haya sido con sus hijos porque hablan poco de él. Mi papá lo menciona sólo cuando es necesario y siempre que le pregunto algo sobre él distrae la conversación. ¿Por qué será? ¿Tienes alguna idea de la razón que esconde mi padre para ocultarme la identidad del suyo, Víctor? Llevo años preguntándomelo. Estéril, no llego a nada. Por eso recurro a ti, tal vez me puedas ayudar, ¿puedes? Incluso quisiera saber por qué algo así me quita tantas horas de pensamientos claros. ¿Cuál es la relevancia de mi abuelo, el desconocido --porque al otro sí lo conocí--, en mi vida? ¿Por qué me obsesiona tanto conocer a alguien que no conocí? Es curiosa la necesidad humana por querer conocer lo desconocido. Insistimos una y otra vez en ello, tercamente hasta que ya no podemos más. Pero sí podemos más y por eso recurrimos a la terapia --ponle el nombre que quieras--, pero lo hacemos. Psicología, psiquiatría, psicoanálisis, metafísica, flores de bach, lectura de cartas, médico general, chamán o quien consideremos que puede auxiliarnos en esta endemónica tarea. El adjetivo es lo de menos. Yo estoy aquí, frente a ti, Víctor, reflexionando sobre mi abuelo mientras tú pacientemente me escuchas y haces anotaciones en tu libreta con tu pluma azul. Me dices que busque las emociones que me genera la ausencia de mi abuelo patern0. La verdad es que ni siquiera tengo claro si lo odio, lo extraño, o es llana curiosidad. ¿Por qué habría de odiarlo? Ni siquiera lo conozco. Pero ahora que lo mencionas, sí me genera un sentimiento de agresión. La sangre me hierve y tengo ganas de....llorar. Su ausencia me genera una angustia, ¿cómo soy yo? No, ¿quién soy?, sino ¿cómo soy? En el laberinto de mi mente hay una puerta a la cual no puedo acceder, y me angustia. ¿Soy algo desconocido? ¿Soy un qué? Dígame doctor, dime Víctor, por favor que este ajedrez mental lo estoy perdiendo. No logro acomodar las piezas sin percibir el ataque, sin sentir que estoy derrotado antes de haber comenzado la partida. ¿Quién es mi abuelo? Yo sé que tú lo sabes, Víctor. Lo sé porque he investigado y tú fuiste su compañero durante la Revolución. Necesito y me corresponde saberlo. Piénsalo, porque la próxima semana quiero una respuesta. Creo que entiendes a lo que me refiero. Ha llegado la hora, sesenta minutos han transcurrido. Que tengas buena tarde. Nos vemos en ocho días.