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17.9.07

Curiosidad

"Lenore tuvo curiosidad por saber qué eran los asteroides, y él se lo explicó lo mejor que pudo. Luego habló de las constelaciones y de la Vía Láctea, y le dijo que ésta constaba de millones de estrellas sueltas. Habló también de la magnitud de los astros, y como habló varias veces de soles o mundos, ella quedó pasmada, y le preguntó si entre ellos había también tierras. ¿Cómo tierras? ¿Qué quería decir? Bien, tierras como aquella sobre la cual ella misma andaba y vivía. Indudablemente, se le respondió. ¿Y había también árboles y animales en aquellas tierras? Eso era muy posible, por lo menos en muchas. ¿Y hombres también? Probablemente, fue la respuesta, ¿por qué había de tener un privilegio la insignificante esfera que la soportaba? Si no hombres en el concepto humano, por lo menos seres racionales y sensibles."

Cuando leí este fragmento inmediatamente recordé mis clases de catecismo. Hubo una vez en la que se nos trataba de explicar quién era Dios. Intrépidamente levanté la mano y pregunté a la maestra: "¿Para los extraterrestres existe el mismo Dios, es decir, hay un solo Dios para todos o este Dios que me enseña sólo aplica para esta religión?" La respuesta que recibí fue que es igual para todos.

16.6.07

Melancolía

Resignado mira hacia el horizonte. Incapaz de adivinar el siguiente movimiento del plan divino. Solitario se encuentra en la tierra, con compás en mano, esperando la orden para trazar una nueva línea. Tal vez, para eliminar una ya gastada. El querubín junto a él se sume en sus propias divagaciones. ¿Cuándo? ¿A dónde? ¿Para qué? ¿Dónde ha quedado el arquitecto? El demiurgo está ausente en la mirada del ángel.

Absoluta quietud. El perro duerme. La balanza permanece idéntica a sí misma. El tiempo es incapaz de un grano más de arena que anuncie algo móvil. Misticismo y geometría, dos elementos que parecen agradar a Dios. No sólo agradarlo, sino muy probablemente también divertirlo. ¿Puede Dios tener diversión? ¿Es posible? ¿Acaso no ello generaría corrupción y degradación en el Ser Supremo y, por lo tanto, contradicción? Tal vez no es Dios sino un demiurgo quien ejecuta la orden. La diversión podría estarle permitida a él, pues está ausente de las categorías que lejos de deificar a Dios, lo han condenado a la eternidad. ¡Vaya condena! ¿Alguna vez han pensado en la eternidad como una posibilidad real de su existencia? ¿No les generó el solo pensamiento una angustia dantesca?

A lo lejos se nota la luz en el cielo. Probablemente un anunciamiento. Algo sucederá. El reloj podría retomar su marcha y con él, el mundo entero. El ángel, sin embargo, permanece. Obediente, como todos los ángeles que decidieron quedarse con Dios para amarlo y entregar su voluntad a él, aguarda en un rincón de la existencia. Este rincón es un muelle donde las embarcaciones salen, pero nunca regresan. Se pierden tras la vastuosidad del océano donde Dios unió la vida con la muerte. La escalera nos indica si subimos o bajamos. Eso sólo lo sabemos nosotros en el momento en el que exalamos nuestra alma con el último suspiro.

¿Qué le ha sucedido a la tierra? ¿Por qué el mundo parece haberse olvidado de lo sobrenatural? ¿Puede el ser humano sobrevivir a la tragedia de haber aniquilado su fuente de estabilidad? ¿Qué es la vida sin una pizca de misterio, de inmortalidad? Sabernos sólo materiales será una espada de fuego contra nuestra propia racionalidad. El elemento sobrenatural ancla al ser humano a la tierra al mismo tiempo que lo proyecta hacia el infinito. Ausentarlo es flotar en un espacio y un tiempo que desconocemos porque no nos es propio. El ser humano es trascendencia, y la materia no lo es. El ángel lo sabe, y por eso recarga su barbilla sobre la palma de su mano. Por eso mira incrédulo al hombre que lo ha ignorado. El ángel allí sigue para el hombre aunque el hombre voluntariamente se haya desecho de su guardián. Consciencia contra consciencia. Búsqueda de sí mismo, negación de sí mismo, afirmación de sí mismo. ¿Dónde estoy yo? ¿Y el ser?

El ángel contempla y espera; el hombre se sienta y olvida. La raíz de nuestra consciencia la hemos extirpado. Es imperativo que la encontremos. Mientras tanto, con compás en mano, nos seguirá esperando a que despertemos. Abrir los ojos duele, ver la luz por primera vez puede ser una terrible experiencia. Así es la vida. Más vale comenzar a buscar la verdad hoy y olvidar la melancolía del ayer. Hasta entonces el ángel permanecerá esperando la orden.

31.10.06

Naturaleza perfecta


La perfección no existe entre los seres humanos. Las formas perfectas son productos de la continua mentalidad del hombre por sentirse dios. El círculo de 360 grados sólo habita en los recónditos laberintos de la mente. ¿Por qué entonces concebimos un concepto como el de perfección? ¿Realmente se nos introduce al nacer, como afirma Descartes? De ser así, ¿quién lo introduce? ¿Cuál fue el parámetro que hemos tomado para albergar semejante monstruosidad? Ya es un cliché hablar de la perfectibilidad del ser humano. No por ello deja de ser menos cierto que los seres humanos podemos mejorar lo que hacemos. Mi duda es, ¿siempre podemos mejorar o existen límites? Al observar la realidad me percato más de los límites que existen que de lo contrario. ¿Por qué, entonces, nosotros pensamos que podríamos ignorar lo evidente?

De hecho, aquí está lo interesante. La realidad está limitada y, hasta donde sabemos, eso incluye al universo, que si bien está en expansión continua, no hay materia nueva, sino la misma que existió desde la Gran Explosión, sólo que abarcando más espacio. (En este momento no me meteré a la discusión de cuál es el espacio que dicha masa está ocupando; si es un vacío o un lugar hueco.) Parece ser, entonces, que la idea de perfección sí tiene un referente tangible. Todo lo limitado nos lo recuerda, reminiscientemente, una y otra vez. La perfección es el límite total. Alcanzada la perfección el movimiento deja de existir, porque como bien lo advirtió Heráclito, el movimiento es cambio. Lo perfecto no puede cambiar, porque entonces no sería perfecto.

La inmovilidad de la perfección me recuerda a una estatua que, incapaz de expresión alguna, está allí. Pensemos en una estatua humana. Tomemos El pensador de Rodin. Ese ser que sentado sobre una piedra está en una actitud de análisis, dilucidando tal vez el misterio del mismo ser humano, resolviendo la dualidad y contradicción que habita en cualquier hombre, no puede dejar de pensar. Sería imposible que nos comunicara sus conclusiones, que se levantara efusivamente para compartir unas palabras. Lo que imposibilita esto es la naturaleza de El pensador. Una estatua no debe hablar, moverse, gesticular, llorar o reír. Su condición, dada por el escultor, es la de permanecer por siempre como fue concebida y esculpida.

El ser humano, por el contrario, tiene una naturaleza cambiante. La rigidez no es propia de nosotros. Desde el instante en el que el espermatozoide fecunda al óvulo el movimiento es incesante. A diario se nos mueren células que sustituimos por nuevas. El cabello crece, las uñas, nuestros huesos y músculos también. Incluso cuando hemos alcanzado el crecimiento físico "total" hay movimiento. La sinapsis es otro ejemplo de ello, que ya sea despiertos por medio del análisis o dormidos arrojándonos imágenes para soñar, mantiene las células cerebrales en movimiento. Los únicos objetos que se mantienen estáticos (y esto también habría que revisarlo ya que los electrones, protones, neutrones y demás partículas subatómicas nunca reposan) son aquellos que nosotros creamos o los inertes. Si lo dudan, tomen una cámara en la cual puedan dejar abierto el diafragma por un segundo o dos y enfocar a cualquier ser humano. Al tomar la fotografía el ser humano fotografiado saldrá ligeramente movido, así hayan sido sólo dos segundos, mientras que los objetos circundantes, no.

Podemos querer hacer las cosas lo mejor posible (pero incluso eso ya implica una subjetividad, pues, ¿qué es lo mejor?). Ser perfectos como personas es imposible. Realizar obras perfectas también. La perfección es un paradigma a seguir que debemos saber nunca alcanzaremos mientras estemos vivos. No podemos ser estatuas ni aún queriéndolo; nuestra naturaleza impondría lo que es. La naturaleza misma, el universo, está constantemente en movimiento. El único ser que es perfecto en toda la existencia es Dios, pero como la perfección no es una naturaleza propia del ser humano, tampoco entendemos lo que implica una aseveración tan fuerte. Incluso la lógica es coja antes Dios. Lo único válido es la intuición y entonces nos quedamos con un Dios que cada quien percibe a su modo y que me parece, así debe permanecer hasta nuevo aviso.

¿Por qué entonces estresarnos por ser perfectos en lo que hacemos? ¿Por qué violentar nuestra naturaleza de esa forma? Léase que tampoco apelo a la mediocridad, pues ella es consecuencia de la holgazanería. Creo en el equilibrio (¿será el equilibrio la perfección?). Creo que el ser humano debe obedecer a su naturaleza y no olvidar que es un ser racional. La perfección, si es que existe para noosotros, algún día llegará (tal vez sea cuando logremos unir correctamente el binomio naturaleza-razón).