En diciembre de 2005 comencé a laborar en una institución donde una de las prestaciones que los empleados tenemos es el comedor. Les platico cómo fue mi recepción, es decir, el primer platillo que comí como empleado.
De entrada unos palmitos rellenos, de plato fuerte un Rib Eye delicioso y el postre lo he olvidado, pero también suelen ser muy buenos. A lo largo del tiempo que llevo laborando en dicha institución he comido las más variadas cremas y sopas, y unos platillos suculentos como una riquísima paella que en ocasiones hacen, jaibas rellenas, lasagna de quesos. De postre unos helados de la mejor calidad, mouses, pasteles, tartas, pies. Además, siempre hay una canasta de pan al centro y sus respectivas mantequillas para untarle.
¡Imagínense esto! Comía como rey y me daba mis atascones porque además tenemos una cocineta con un refri lleno de refrescos y cada semana hay galletas riquísimas. Le empaqué a mi cuerpo todo lo que me encontraba y con la vida sedentaria de alguien que permanece 8 horas sentado frente a la computadora no había otra consecuencia: engordé. Las leyes de la física me castigaron con hasta 16 kilos de más. Entré pesando 72 y llegué a pesar 88.
Entonces decidí que era hora de tomar una decisión saludable y fui con una nutrióloga (muy recomendable, cuando quieran les paso el dato). He ido con ella desde hace tres meses y ya peso 74. Qué bien se siente estar delgado otra vez, aunque eso sí, extraño los postres, el sidral y las galletas de chocolate. Lo bueno de estar con una nutrióloga es que te enseña a comer y entonces de vez en cuando sí me doy permiso de una galletita por acá y un postresito por allá. Increíblemente, a pesar de eso, en estos meses de buen comer siempre que voy a cita bajo al menos 2 kilos.
¿Quién será el siguiente ente saludable?