Lo primero que uno debe hacer ante una disyuntiva como la presente es remitirse, wittgenstanianamente, al incondicional diccionario. Busco en el RAE la definición del verbo celar y me encuentro con lo siguiente: celar.
(Del lat. zelāre, emular).
1. tr. Procurar con particular cuidado el cumplimiento y observancia de las leyes, estatutos u otras obligaciones o encargos.
2. tr. Observar los movimientos y acciones de una persona por recelos que se tienen de ella.
3. tr. Vigilar a los dependientes o inferiores, cuidar de que cumplan con sus deberes.
4. tr. Atender con esmero al cuidado y observación de la persona amada, por tener celos de ella.
5. tr. ant. recelar (‖ desconfiar).
La primera de las definiciones tiene una connotación positiva. Habla de ser guardián, custodio de aquello que a todos nos beneficia. También significa ser dedicado en el trabajo y cumplir cabalmente con las obligaciones. La segunda de ellas es donde nos encontramos por primera vez con el motivo de la tertulia que se sucitó ayer. Observar los movimientos y acciones de una persona por recelos que se tienen de ella. La palabra subrayada, recelos, nos habla de desconfianza. Ésta, aparentemente radica en la otra persona, es decir, somos incapaces de creer en la palabra de nuestro ser amado y por eso sentimos celos. Oculto tras el velo de la desconfianza hacia el otro está la verdadera razón de los celos, la desconfianza de uno mismo, la inseguridad propia del agente de los celos. El tema de la desconfianza plantea aquí otro, el de la responsabilidad. Al hablar de los recelos que se tienen de ella en realidad lo que estamos haciendo es depositar nuestra responsabilidad en otra persona. "Yo no soy responsable de sentir estos celos, sino el otro por hacérmelos sentir". Cosa más absurda y decadente. La única verdad aquí es que los demás no son causantes de mis celos, porque soy yo quien se está provocando esta sensación. Continúo con las definiciones.
La tercera forma de definir el verbo celar también es posible ubicarla dentro de las acepciones positivas, pues habla de estar al pendiente de que se cumplan los deberes. Denotativamente podría ser algo restrictiva. Sin embargo, considero que es un límite que sirve como guía antes que como una prohibición. La cuarta definición retoma el sentido de la segunda y la pule un poco. Atender con esmero al cuidado y observación de la persona amada, por tener celos de ella. Esa sensación de inseguridad ha sido abandonada para canalizarla hacia la atención. Aquí se tiende una trampa. Puede pensarse que es un acto positivo el hecho de que se busque el cuidado de la persona amada. En sí mismo lo es. Aquí, sin embargo, no. La atención no está proviniendo del hecho de amar a la persona, sino de celarla. Por que siento celos la atiendo. Y entonces vuelve a aparecer esa horrible sensación. La inseguridad sentida provoca la atención hacia el amado, no por el hecho de amarlo en sí mismo, sino por el miedo a perderlo.
El fenómeno de los celos es algo sumamente interesante. Es un sentimiento que sólo se presenta en la presencia de otro. Sin embargo, no es ese otro quien lo genera, sino el individuo que contempla al otro. Inserto aquí otro elemento que no se había analizado como parte de los celos, aunque me parece que está implícito. Además de la inseguridad experimentada en sí mismo como posibilidad de regresar al estado de soledad, está el hecho de la posesión. Se crea una cadena sui generis donde cada elemento eslabona perfectamente: el otro + inseguridad propia = posesión + el otro = distorsión de la realidad + inseguridad propia = pérdida del otro. Porque la posesión que se busca tras inundarse de celos no es la propia, sino la del otro. En ese momento dejo de ser yo mismo para mimetizarme en un otro que ni siquiera está siendo percibido tal como es, sino como desearía que fuera. He caído en un error primario entre realidad y pensamiento. La falta de objetividad es mi nueva condena. Este camino conducirá inevitablemente a provocar aquello que se había estado evitando, que el ser amado me abandone. Fue tal el miedo que lo único que se hizo fue alimentarlo. La irracionalidad de los celos cegaron la posibilidad de poder contemplar al otro como lo que es alejándolo de esta manera de nosotros mismos.
Es necesario partir de la confianza para recuperar la objetividad y, sobre todo, a nosotros mismos. La seguridad en uno mismo es cardinal no sólo para una relación amorosa, sino para cualquier acto que se lleve a cabo en la vida. Mi seguridad proyectará mi porvernir, de la misma forma que lo hará mi inseguridad, aunque sin los resultados esperados. Los celos pueden controlarse si desarrollamos la habilidad de controlarnos. Finalizo con una idea cínica: "Es propio de los sabios la autosuficiencia".
PD. El cuadro que acompaña esta entrada se titula Los Celos y su autora es una mexicana, Gabriela Sánchez Apodaca (http://www.pintoresmexicanos.com/gabriela/index.html). Considero veraz otorgarle el crédito a una pintora nacional.